El texto también señala el “excepcional valor biocultural y etnológico” que posee la caza de perdiz con reclamo, sustentado en la compleja relación entre el cazador y el ave. La técnica requiere un conocimiento profundo de la biología de la perdiz roja —sus ritmos ecosistémicos, ciclos reproductivos y lenguaje del canto— así como de la intervención cultural destinada a modular el comportamiento del reclamo para sincronizarlo con las perdices camperas. Esta dedicación genera una relación prolongada con el ave, que se cuida en el entorno doméstico durante todo el año y protagoniza el lance en el campo.
De este proceso derivan saberes esenciales sobre el manejo orgánico del ave, la interpretación del canto como lenguaje y la selección del reclamo, configurando un conjunto de valores éticos y culturales que trascienden lo puramente cinegético. Junto a ello, la manifestación incorpora un patrimonio material destacado, como la producción artesanal de la icónica jaula de reclamo, y un rico léxico especializado que ha sido clave para la transmisión del conocimiento entre generaciones.
En este contexto, marcas de alimentación que trabajan con la perdiz de campo, como CUCHICHÍ, observan con especial interés esta iniciativa, que no solo protege una tradición vital para la identidad rural de la región, sino que también pone en valor el profundo vínculo cultural entre Extremadura y su fauna silvestre.
Con la declaración de la caza de perdiz con reclamo como Bien de Interés Cultural, Extremadura reafirmaría su compromiso con la defensa y la proyección de un legado que sigue muy vivo, tanto en el campo como en la memoria colectiva de sus gentes.
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